PALABRAS DEL EMBAJADOR DE MÉXICO ANTE LA SANTA SEDE, GUILLERMO JIMÉNEZ MORALES, EN OCASIÓN DE LA JORNADA POR EL V ANIVERSARIO DEL ESTABLECIMIENTO DE RELACIONES DIPLOMÁTICAS ENTRE LA SANTA SEDE Y MÉXICO
Roma, septiembre 1997
Monseñor Jean-Louis Taurán, Secretario para las Relaciones con el Estados de la Santa Sede,
Monseñor Javier Lozano Barragán, Presidente del Consejo Pontificio de la Pastoral para los Operadores Sanitarios,
Monseñor Ricardo Cuellar, Rector del Pontificio Colegio Mexicano,
Honorables autoridades eclesiásticas y de la Curia romana,
Miembros del clero secular y regular,
Señoras y Señores Embajadores y distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede que nos acompañan,
Señores Directivos y miembros de este Colegio,
Señoras y señores,
En primer lugar, deseo agradecer cumplidamente la hospitalidad del Pontificio Colegio Mexicano en Roma, cuyos directivos y miembros nos acogen en esta solemne ocasión, manifestando así una vez más la amistad que nos une y la hermandad que nos estrecha como mexicanos. Ruego a usted, señor Rector Cuellar que extienda este agradecimiento a los miembros de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en cuya casa celebramos este significativo acontecimiento.
El próximo domingo 21 de septiembre se cumplirá el V aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y México. La Embajada de México ante la Santa Sede ha querido recordar esta fecha, para conmemorar así un acontecimiento trascendente, ya que se efectuó después de 182 años de vida independiente de nuestra nación y de una compleja relación entre el Estado mexicano y la Sede Apostólica. Es por ello que el establecimiento de relaciones diplomáticas tiene un particular significado para los mexicanos, ya que constituye un hecho que va más allá de los nexos formales, y nos remite de manera permanente a nuestra historia. Por eso mismo, desde que tuve el elevado honor de ser designado Embajador de México ante la Santa Sede por el Presidente de la República, Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León, asumí cabalmente el profundo significado de esta delicada responsabilidad.
La relación entre la Santa Sede y México es en muchos sentidos una relación “sui generis”. En efecto, la historia del Estado laico mexicano está ligada a las luchas del pueblo por alcanzar sus libertades. Circunstancias internacionales adversas, guerras fratricidas, pugnas de intereses, pero sobre todo visiones distintas y aparentemente irreconciliables de lo que debería ser la Nación condujeron a episodios decisivos que marcaron el rumbo colectivo de los mexicanos. Nuestra Constitución, labrada con tesón a lo largo de casi dos siglos es el reflejo de esta voluntad popular, expresada de manera soberana. Las relaciones diplomáticas con la Santa Sede son el resultado de la confianza de los mexicanos en los principios históricos políticos y sociales, firmemente establecidos en nuestras leyes. Con esta misma confianza los mexicanos vemos con optimismo el futuro de estas relaciones.
Las relaciones son “sui generis” también por la importancia del catolicismo en México. En nuestro país se encuentra alrededor del 8% de los católicos en el mundo, lo que significa que en el planeta uno de cada doce católicos es mexicano. No quiero decir lo anterior que el número o porcentaje de católicos en el país haya determinado el establecimiento de relaciones. Pero en definitiva es un elemento que constituye un nexo especial entre nuestro país y la Sede Apostólica. A esto debemos agregar la simular empata entre el pueblo mexicano y el Papa Juan Pablo II, manifiesta desde su primer viaje pastoral, en enero de 1979 y reiterada de manera permanente desde entonces, particularmente en las posteriores visitas pastorales del Sumo Pontífice a México en 1990 y 1993.
En relación con lo anterior, el tercer elemento que hace “sui generis” la relación es el carácter específico de la Santa Sede, en tanto que sujeto de derecho internacional, cabeza del Estado de la Ciudad del Vaticano y gobierno de la Iglesia católica a nivel mundial. Aunque es ésta una característica propia de la Santa Sede, que se refleja por lo tanto en todas las relaciones diplomáticas que establece con el resto de los países, en el caso de México, como en el de otras naciones con población mayoritariamente católica, esta situación tiene una incidencia particular en el tipo de relación.
El establecimiento de nexos diplomáticos con la Santa Sede respondió a una situación nacional e internacional cambiante. México modificó en 1992 el marco jurídico constitucional que regía a las Iglesias y se dotó de una nueva ley reglamentaria para el conjunto de asociaciones religiosas. La discusión acerca de estas reformas se hizo sobre la base del respeto de tres premisas fundamentales: 1)separación entre el Estado y las Iglesias; 2) educación laica y; 3) libertad de creencias. Después de un debate a nivel nacional, el Congreso mexicano aprobó la modificación del marco constitucional y legal hasta entonces vigente. Ente los principales elementos de la nueva normativa hay que menciona el reconocimiento jurídico de las agrupaciones religiosas (art. 130 de la Constitución), es decir el derecho de asociación de los creyentes, así como el derecho de las Iglesias a poseer los bienes necesarios para su sustento (art.27 de la Constitución). Se aprobaron también una serie de reformas para garantizar mayor libertad a los creyentes, como la de poder pertenecer a órdenes monásticos (art.3 de la Constitución) y de profesor la religión en lugares públicos (art. 24 de la Constitución). Como parte de estas reformas, en el nuevo marco jurídico se proclamó "el principio histórico de la separación del Estado y las Iglesias" (art.130 de la Constitución) y la laicidad del Estado mexicano (art. 3 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público). Se mantuvo también la absoluta libertad de creencias y de conciencia (art. 24 constitucional y 2b de la ley), así como la laicidad de la educación pública (art. 3 de la Constitución).
Aunque pertenecen al ámbito de la política externa y pudieron haberse efectuado independientemente de estos cambios, las relaciones que se establecieron el 21 de septiembre de 1992 fueron en gran medida posibles gracias a los mismos y tienen que tomar en cuenta esta realidad.
La laicidad actual del Estado mexicano se debe entender como un espacio de mayores libertades que la sociedad misma ha creado. Está ligada por lo tanto a la libertad de culto, a la libertad de creencias y a la libertad de conciencia. Tiene entonces un carácter netamente positivo, pues está destinada a la protección y ampliación de las libertades ganadas con mucho esfuerzo por el pueblo mexicano. En otras palabras, el Estado laico mexicano es la mejor garantía para el respeto de la libertad de creencias y para la actuación de las agrupaciones religiosas en nuestro país.
La anterior reflexión es importante, porque nos conduce de manera directa a la cuestión del tipo de relación que México establece con la Santa Sede. México es una nación plural en términos étnicos, políticos, sociales, culturales y religiosos. Por lo tanto, la Embajada del Gobierno de México ante la Santa Sede tiene que tomar en cuenta esta realidad, crecientemente plural. Nuestra Embajada es la que todos los mexicanos tienen ante la Santa Sede, sin distinción de signo político o religioso. Nuestras relaciones son para el bien de todos, con el mayor respeto a esta pluralidad cultural. De allí la importancia de la noción de laicidad positiva del Estado mexicano.
En el marco de las instituciones políticas y sociales de une nos hemos dotado y que perfeccionamos de manera constante, los mexicanos vemos con orgullo nuestro pasado, con serenidad nuestro presente y con certidumbre y convicción nuestro porvenir. Un futuro enriquecido con las libertades de todos y con los aportes de cada uno de sus habitantes en beneficio del interés común.
Por otra parte, es importante señalar que la política exterior mexicana es una política basada en principios claramente establecidos a la largo de nuestra historia independiente: Igualdad jurídica de los Estados, No intervención y Autodeterminación de los pueblos. Todos ellos tendientes a reforzar nuestra soberanía nacional. Nuestra política exterior no está sujeta a las variaciones de un pragmatismo inmediatista. Por el contrario, el Estado mexicano, basándose en principios sólidos y precisos de acción internacional, participa activamente en la construcción de un sistema mundial que extienda las opciones de progreso y garantice paz, seguridad y justicia.
Nuestros principios de política exterior, enraizados en la experiencia histórica de México y en la tradición de la propia praxis diplomática, constituyen una sólida base para dar impulso a estrategias dinámicas en un contexto internacional en continua evolución. Como lo ha afirmado el Secretario de Relaciones Exteriores de México, José Ángel Gurría, "nuestra diplomacia busca contribuir a la constitución de un sistema de relaciones globales basado en el respeto, la cooperación, y la eliminación de la fuerza en la solución de las controversias". En México perseveramos en la defensa de la soberanía, del Estado de Derecho, de la justicia social, de la pluralidad y de la tolerancia y estamos atentos a toda iniciativa tendiente a alimentar un desarrollo más equilibrado entre las naciones.
En el contexto antes mencionado, las relaciones de México con la Santa Sede tienen un amplio panorama y posibilidades de desarrollo. El balance que en diversas ocasiones hemos hecho de ellas con las autoridades del Vaticano ha sido siempre favorable. Durante estos años, las relaciones han demostrado su utilidad e importancia. Se han tratado con el mejor ánimo diversas cuestiones. Se han identificado los temas de interés común y se ha actuado en las áreas prioritarias para ambos. El 1 de febrero de 1996 tuvo lugar la entrevista entre el Papa Juan Pablo II y el Presidente de México, Ernesto Zedillo. Se trató de la primera visita oficial que realiza un Presidente de México al Vaticano. En esta ocasión, el Jefe del Estado Mexicano puso de relieve el excelente nivel de nuestros vínculos diplomáticos y señaló que México ve la incansable labor de Juan Pablo II por la paz, "una vocación definitiva de su Pontificado y una preocupación que nos identifica y nos acerca".
La Santa Sede y México tienen numerosas convergencias y posibilidades de cooperación en áreas tan sensibles e importantes como la paz y la seguridad internacionales, el desarme, la búsqueda de mayor justicia social y de un sano desarrollo, la defensa de los derechos humanos y muchos otros temas. Como le expresó el Papa Juan Pablo II el Presidente Ernesto Zedillo, en ocasión de su visita al Vaticano: "Su presencia aquí, Señor Presidente, no sólo quiere expresar sus nobles sentimientos personales, sino que refleja ante todo el buen clima de estas relaciones (diplomáticas), a la vez que evidencia la colaboración, respetuosa y leal, entre la Iglesia local y el Estado, para el bien espiritual del pueblo mexicano, que anhela el progreso y la plena inserción de su Países el concierto de las Naciones".
Para dar un solo y concreto ejemplo de estas convergencias, nos podemos referir al caso de los migrantes e indocumentados. El Estado mexicano tiene la obligación irrenunciable de proteger a sus ciudadanos, donde quiera que estos se encuentren y ha impulsado muchos programas de ayuda y protección para las comunidades e individuos mexicanos en el extranjero. por su parte, la Santa Sede está preocupada por las consecuencias que para la familia y los derechos humanos y laborales de las personas tienen las migraciones.
Después de cinco años de haberse establecido relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y México, podemos decir entonces que éstas son muy buenas y cada vez mejores. Están basadas en el espeto mutuo y en el reconocimiento de un objetivo común que es el bienestar de los mexicanos. Con la claridad de estos principios y objetivos, continuaremos cada día construyendo mejores relaciones para el bien de todos.