Cartas del Embajador

PARAÍSO MEXICANO

 

Alberto Barranco Chavarría

 

Al eco de las mil historias de largo rodar, la curiosidad busca rendijas en el apolillado portón a la espera de un girón del jardín exquisito. El corazón, el epicentro del barrio de la Pensil. El orgullo viejo que mete a la escena la tropa invasora de Estados Unidos; a la emperatriz Carlota; a la eximia cantante Angela Peralta, “El ruiseñor mexicano”, al calor, al hechizo de historias de aparecidos y enamorados. El paraíso terrenal de descanso veraniego, capilla, casa grande, huerta, esculturas en los corredores, fuentes, aroma de cien variedades de flores, nació en 1762. A él llegaría, 20 años después, atraído por la fama, el virrey Bernardo de Gálvez, al arrobo de su mujer, Felicitas Saint Maxent, conocida como “la francesita”. El sacrilegio de la tropa estadounidense lo convertiría en 1947 en cuartel, con cambio de nombre al calce. De Pensil Americano a Pensil Mexicano. El frontispicio barroco, sin embargo, permaneció intacto. La joya que le dio nombre a las colonias Pensil, con raíz en el barrio de Santa María Magdalena Atolman, la adquiriría al amanecer del siglo pasado el embajador alemán Agathon Gosch Mack, a cuya muerte lo heredó su hijo, José Paz Gosch. De aquello que fue, fragmentados los terrenos para fábricas, bodegas y talleres, solo queda un suspiro de jardín, oasis en la ruina de las piedras, por más que en 1932 el Pensil Mexicano sería declarado Monumento Nacional.

 

ç