Cartas del Embajador
ROSARIO CASTELLANOS, ESCRITORA SINGULAR
Por Alberto Barranco Chavarría
Hija de un acaudalado cafetalero y cañero, en su infancia en Comitán, Chiapas abrevaría la esencia de su libro mágico: Balún-canan, el desprecio hacia los indígenas, la explotación cruel, la arrogancia de los terratenientes, la superstición que produce muerte. La maldición hacia los blancos. En los propios susurros de su vida solitaria, la mano, la voz vieja, las consejas de su nana, nacería otra obra inolvidable: Oficio de tinieblas. Una y otra se convertirían en películas. Colaboradora desde los 14 años de un periódico de San Cristóbal de las Casas, Rosario Castellanos ubicó al detalle la magia de la selva lacandona, la belleza de las costumbres ancestrales de pueblos mágicos como San Juan Chamula. La iglesia, el tianguis, el rezo en reclamo de venganza. Colaboradora por años en Excélsior, catedrática de la UNAM, de quien fuera directora de Difusión Cultural, la poeta sería amiga entrañable de escritores como Gabriel García Márquez, Jaime Sabines, Augusto Monterroso. Su voz, decía Elena Poniatowska, era como una campanilla en el bosque. Embajadora de México en Israel, la muerte la encontraría, muy joven, en Tel Aviv, para ser reclamada por la Rotonda de Personas Ilustres. Mujer de extraordinaria cultura, madre que regaba libros al paso de su hijo Gabriel para que supiera de ellos, Rosario Castellanos fue pionera del feminismo.
