El arte nos une: 125 años de relaciones Uruguay-México
Estimadas autoridades, representantes del cuerpo diplomático, miembros de la comunidad artística y amigos de ambos países:
Nos reúne hoy la conmemoración del 125 aniversario de relaciones diplomáticas entre nuestras naciones. Sin embargo, para quienes representamos a México en esta tierra hermana y vivimos la profundidad de este vínculo, sabemos que no estamos celebrando un aniversario administrativo, sino la consolidación y confirmación de lo que ya es una biografía compartida. Lo que inició en 1901 con la presentación de cartas credenciales del primer enviado uruguayo ante el gobierno de México, terminó siendo una trama densa de afectos, canciones y refugios. Una historia de ida y vuelta que hoy nos toca repasar para entender desde dónde estamos mirando el futuro.
Nuestro nudo emocional primigenio está fundado en una despedida que fue tan trágica como épica. En 1919 el Poeta Amado Nervo arribó a Uruguay como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario. En su breve estadía tuvo un encuentro con Juan Zorrilla de San Martín. A los pocos meses falleció, lo que dio paso a un periplo que hoy parece leyenda. El retorno de sus restos a México no fue un simple trámite fúnebre sino una movilización continental de una potencia insólita. El cuerpo del poeta, custodiado por la armada uruguaya a lo largo de toda su travesía y recibido en cada puerto con honores de Estado, simbolizó el respeto del Uruguay y de toda América Latina por la palabra mexicana. Allí se sembró la primera semilla de una hermandad que es mucho más fácil de detectar en el profuso intercambio cultural, intelectual y artístico, antes que en los pasaportes.
Otra presencia destacada en el Río de la Plata fue la del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, quien vivió en Montevideo entre 1929 y 1933 y sostuvo una relación con la poeta uruguaya Blanca Luz Brum.
En las décadas de los cincuenta y sesenta, la relación se mudó a la penumbra de las salas de cine. La Época de Oro del Cine Mexicano fue el gran puente cultural de México hacia el sur. En las salas de la avenida 18 de Julio, la estética del Indio Fernández, la mirada de María Félix y la verborragia de Cantinflas informaron la sensibilidad de toda una generación de uruguayos. Para el Uruguay de entonces, México no era un lugar remoto en un mapa; era la imagen, el sonido y esa educación emocional que llegaba directamente desde el proyector de cada barrio.
Esa admiración estética se volvió refugio cuando la oscuridad de la dictadura cayó sobre el Uruguay entre 1973 y 1985. México, fiel a su inquebrantable tradición de asilo, abrió las puertas a los uruguayos perseguidos. Y tal como había ocurrido años antes cuando mi país recibió al exilio republicano español, el solidario gesto diplomático terminó siendo mucho más que eso: fue el origen de una transformación rica y profunda del tejido cultural de ambos países.
En agosto de 1977, la Ciudad de México fue el escenario de las Jornadas de la Cultura Uruguaya en el Exilio. Fue un evento de altísimo impacto en donde, con la presencia de Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti, la Camerata Punta del Este, Roberto Darvin y Numa Moraes, quedó claro que la identidad cultural uruguaya encontraba ecos y resonancias profundas en su tierra de acogida. Pero no solo estuvo allí Uruguay; el abrazo fue continental y se unieron a la calidez de referentes mexicanos como Amparo Ochoa y Los Folkloristas.
Para los uruguayos en México, fue una forma de sentirse comprendidos y parte de algo mucho más grande que las fronteras nacionales.
En esos años de distancias forzadas, la gente de Teatro El Galpón, que logró rearmarse en el exilio, se fundió con el paisaje mexicano. No fueron pasivos espectadores del devenir cultural local, sino que se volvieron parte del tejido social del país que los recibió. Realizaron más de 2,500 funciones en todo el territorio y le hablaron a más de un millón de personas en plazas, pueblos y universidades. Dejaron una huella pedagógica que todavía se siente en el México profundo, mientras Mario Benedetti usaba la capital mexicana como su trinchera de palabras y José "El Sabalero" Carbajal mantenía viva la idea del regreso al paisito en cada verso. Fueron también vitales para México la tarea del dibujante y diseñador Carlos Palleiro, quien hoy nos acompaña, la de la grabadora Leonilda González y la del artista plástico Anhelo Hernández, quienes crearon buena parte de su obra esencial en tierras mexicanas. En el exilio mexicano también estuvo Don Carlos Quijano, fundador de la más que esencial revista Marcha.
Otra persona digna de mención por su estancia en México es la poeta Ida Vitale, quien participó en la revista Vuelta con apoyo de Octavio Paz.
Lo más interesante es que esa semilla no se secó con el retorno de la democracia. Floreció en una generación bicultural que, desde hace muchos años, propone una mezcla que es a la vez rioplatense y cosmopolita. Músicos que crecieron recorriendo las calles de la Ciudad de México, absorbiendo su ritmo eléctrico y transformándolo en algo inédito. Allí están los sonidos de Peyote Asesino, Plátano Macho y del colectivo Bajofondo, proyectos que directamente no existirían sin esa mezcla de horizontes y perspectivas únicas que da el haber crecido entre dos patrias.
Esa historia de "ida y vuelta" tuvo una de sus cristalizaciones más emotivas en 2016, cuando se conmemoraron los cuarenta años del exilio en el marco del Festival del Centro Histórico de la CDMX. Fue en nuestro emblemático Zócalo donde dijo presente Daniel Viglietti, en una de sus últimas actuaciones en México, junto a la generación de los "Hijos del Exilio", como Fernando Santullo o Gabriel Casacuberta. Ese encuentro fue resumen puntual y vibrante del mestizaje cultural y generacional que ha sido una constante entre nuestros artistas desde hace ya muchas décadas.
Hoy, la historia sigue su curso. Estamos ante un mapa de afectos y lazos que no se detienen. Un vínculo circular que empieza con el regreso del cuerpo de Amado Nervo a México y que se proyecta hasta hoy, con una artista como la mexicana Silvana Estrada agotando entradas en este emblemático Teatro Solís de Montevideo hace apenas unos días.
Desde la Embajada observamos y apoyamos una frenética danza de idas y vueltas, con el constante intercambio de artistas en todas las disciplinas. Sin duda el arte nos une, porque su impulso viene no solo de los gobiernos en turno, sino de dos sociedades que se quieren y dialogan de muchas formas.
Para cerrar, me permito una frase muy uruguaya que, aunque no figura en ningún manual de protocolo diplomático, resume con exactitud la naturaleza de este aniversario que nos reúne:
“Si estos no son vínculos, los vínculos ¿dónde están?”
Muchas gracias.